Wednesday, August 16

Destino: Felicidad (Parte II)

El corazón se lubrica con lágrimas de alegría.

Decidimos caminar a encontrarnos con la vida al final del sendero, de ese camino de pasto verde-amarillo que nos encierra la vista al cielo y nos hunde en su aroma primaveral, y nos esconde a veces de nuestros mismos pensamientos carnales para enterrarlos al centro de la tierra. Nos vimos trazando líneas en aquel jardín-popular que nos arropa con su mirada, y a medida que dibujamos nuestros pies en su alfombra, nos vamos dibujando los corazones con las palabras y la mirada, y nos besamos con esa sonrisa no planeada y nos gastamos con ese odio no deseado.

Nos encontramos ansiosos por descubrirnos y envolvernos el uno al otro, ansiosos por conocer cada detalle-error de cada uno. Yo, acariciando cada segundo junto a sus pensamientos, abrazando cada lógica que salía de su boca, cada sentir-emoción que proyecta con sus manos, y me enamoro de él. Y me dejo hundir en su pecho-púber apenas cubierto por la piel recién parida, en su corazoncito que aún me da miedo tocar a pesar del trazo ya marcado en él, a pesar de ya haber dibujado mis recuerdos en él. Me dejo morir por su labia de pequeño enceguecedor, y por su juego a distancia, y por sus errores; y yo, le cuento los míos, que no son pocos, y mis enfermedades y mis amores, y mis enfermedades y mis temores, y mis enfermedades y las que traigo encima como karma lascivo de mis pendejadas. Le cuento mi andar de puta putrefacta por la calle, por la noche-que-me-esconde, por la música-que-me-esconde, por los niños-que-me-esconden, y el, se asusta.

Se espanta al saber mi enfermedad, mi karma social que me encierra en mi cuerpo, encadenado al tratamiento-continuo, a la dependencia de pastillas, a las llagas marcadas en mi pecho ya recorrido por manos ajenas que nadie quiere volver a tocar; se aterra al pensar que mi corazón-contagiado esta a punto de tocar el suyo, y con sus manos me aleja, me desprecia sintiéndome agonizante en su oído, en su pensar y en su cuello. Tomando su mano no lo dejo ir, no lo dejo marcharse después de su maldito embrujo claustro-amor que me envolvió hace rato, no lo dejo ir sin antes probar su aroma de felicidad que estrujo al saborear sus labios, al probar cada centímetro de su amor-labial, del dulce roce que nos rodea la noche. Y sus manos tiemblan, y su cuerpo igual, y su mente no deja de pensar en las probabilidades de una posible doble vida junto a mi, de un posible enamoramiento que no deja aún entrar a su corazón porque no quiere desaprovechar el camino por una simple excitación de momento (y no quieres acabar ahí mismo sin mi, sino que junto a mi).



Lo dejo ir, ya sin más explicaciones, lo dejo partir para cubrir su gran desprecio (como el de los demás). Para alargar su vida y no acortársela conduciéndolo al centro de mi estómago como si fuera a servirmelo de plato principal; y me embriago con su mirada que aún no me deja. Intento hacerle ver lo que realmente quería hacer, cómo realmente es mi vida que no es vida, sino que es un juego de herirme, de enamorarme y de planearme siempre encontrar personas que deseen algo más que acostar su bulto en mi garganta, gente que desee un plato de conversación con una botella de emociones, y un hacer el amor con preguntas de la existencia. Le muestro mi anhelo de perpetuar en la memoria de la gente no como una maldita enfermedad que los deje fármaco-dependientes odiándome durante su lapso en cama, si no como aquel que supo llegar a sus corazones, incrustándome en sus emociones, llegando a tocar el éxtasis-hablado, sin tomar ninguna sola gota de su miedo, sin probar el frío del egoísmo, ni el amargo placer de su miembro levantado. Le muestro mi deseo de dejarlo ahí, púber-enamorado de mi ansiedad y de mis locuras; mi esperanza de que parta recordando mis palabras, mis tontas-estúpidas-incoherentes-soñadoras palabras, sin si quiera tenerle miedo a recordarlas.

El me sigues por detrás y yo lo abrazo en la oscuridad, y el insiste y yo igual. El gana.



Y me amas bajo las sábanas; ahí, amortajado por el fetichismo de tu lujuria juvenil; ahí, junto al blanco susurro en mi entrepierna, me gimes al oído:

- Tu enfermedad es mía también.

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